Es bien sabido que en nuestro católico imaginario colectivo la muerte santifica y al menos en la práctica "no hay muerto malo", como bien lo cantó Chava Flores -ese analista del ser mexicano: "Cuando vivía el infeliz, ¡ya que se muera!, y hoy que ya está en el veliz, ¡qué bueno era!"
Me sorprenden sin embargo las "buenas conciencias" del periodismo que se mueven a soprendidos y hasta a indignados por el linchamiento simbólico y esperemos que póstumo de la figura de Diego Fernández de Cevallos por los usuarios de los medios cibernéticos, redes sociales y foros virtuales incluidos.
Las bromas de diversos gustos y las manifestaciones más y menos serias o chuscas de regocijo nos sirven para echar relajo y desfogar frustraciones tan propias de nuestra permanentemente empeorante situación. Y soy un convencido de que es para lo más que ha servido, o va a servir, al pueblo mexicano el hoy desaparecido.
Lo malo, del presente caso es que el Jefe Diego, maestro pescador en los ríos revueltos de los tres corruptos poderes mexicanos todavía no está en el veliz, y los fariseos de los medios de comunicación se muerden los labios aguantándose las ganas de anunciar -y alguno festinar con el resto de nosotros- la confimación de su muerte.
Por otra parte, en la orilla de las buenas conciencias -la de los que a dios rogando han venido dándonos con el mazo desde la colonia- se elevan oraciones y se mandan decir misas por el bienestar del líder moral de los panistas y de los aspirantes a políticos ricos, ricos, ricos que en el jefe Diego tuvieron al ejemplo, guía y asesor (si les alcanzaba para pagarlo) para sacarle los mayores dividendos al erario y a la hacienda del país.
Sentados en misa clamando a Dios, los mismos que -siempre en su beneficio- perpetuan el estado de cosas donde los mexicanos obtienen el campeonato mundial de compradores de agua embotellada, no por esnobismo, sino porque este país que da para encumbrar millonarios en las listas de Forbes y en las de representación popular, ni siquiera puede proveer agua realmente potable a sus habitantes.
En México, donde la justicia es un ente mitológico que tiene menos apariciones registradas que la virgen de Guadalupe, al ciudadano de a pie no le queda más consuelo, además del futbol, la religión y la bebida, que los hechos fortuitos o no, que pueden intepretarse como JUSTICIA DIVINA. Más o menos secretamente, (a cada quien su cinismo) nos la pasamos pipa y nos sentimos simbólicamente vengados con la peliculesca muerte de Mouriño (ex primer damo de México), con el malogrado secuestro de Harp y ahora con la misteriosa desaparición de "El Jefe Diego" ese blanco palomo, hoy prócer y santo laico en progreso.
Cada uno que espere el final que desee.
Yo solo lo lamento por los gusanos.
martes, 18 de mayo de 2010
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